Actualmente, la televisión está experimentando una evolución en la manera de entregar contenidos a los espectadores. Este cambio radical, o revolución si se quiere, marca un antes y después en lo que se denomina como la era de la post tv. Este ya no tan incipiente formato encuentra soporte en las plataformas virtuales que ofrece Internet y es ahí precisamente, dónde se fija el punto de encuentro entre productores, contenido y consumidores.
La post televisión tiene dos modelos para propagar los contenidos: el viral y el desparramable. No obstante, es el segundo de éstos el que tiene mayor probabilidad de ser difundido a través de la red.
¿Por qué? Las razones son simples pero básicamente se resumen en el tipo de relación existente entre los 3 componentes de la post tv: productores, contenido y consumidores. El modelo viral crea la ilusión de interacción, mas esta relación es en realidad nula pues el contenido es el mismo que los productores ofrecieron en un comienzo. Como contraparte, el desparramable enseña una propuesta mucho más audaz y arriesgada, pero con la posibilidad de que el consumidor verdaderamente se sienta integrado a la experiencia del programa.
En el modelo desparramable el flujo de contenido es recíproco y está cimentado en tres principios claros: que el contenido sea popular, abierto y modificable. Estas características permiten al consumidor apropiarse del contenido inicial para darle un giro propio (Economía del Regalo). Esto es relevante ya que el usuario se siente importante en la creación de contenido y al mismo tiempo, aumenta el capital emocional respecto al programa que se está difundiendo.
Es evidente que el riesgo de que se distorsione el contenido original está latente, sin embargo los beneficios que pueden obtenerse hace que valga la pena intentarlo. El modelo viral se asemeja a un laberinto en el que el usuario debía seguir la ruta adecuada para encontrar el premio al final del recorrido, mientras que el desparramable empodera al consumidor, otorgándole la facultad de derribar muros y construir su propio camino.
Por Samuel Ferreiro
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